diseñadora peruana
Discusiones

¿Qué significa ser una diseñadora peruana sin privilegios de clase?

Han pasado casi 5 años desde que egresé de la facultad de diseño de una universidad privada en Lima. Soy una diseñadora peruana que egresó en la segunda promoción de afortunadxs con un título de bachiller bajo el brazo. Y también, soy parte de un grupo de profesionales (sin los mismos privilegios de muchas figuras consolidadas en el Perú), que se chocaron con una industria que pide a gritos cambios estructurales para que nuestros sueños más locos de no caer en el subempleo se puedan volver realidad.

El sueño de ser diseñadora

¿Y qué tiene de importante mi experiencia, si no me conoce nadie? Pues eso justamente: soy una mortal más. No tengo contactos y tampoco tengo vara en ninguna parte. No vengo de un entorno lo suficientemente privilegiado como para ingresar fácilmente al circuito blanco de la moda en el Perú.

Descripción gráfica del circuito de la moda en el Perú.

Soy una diseñadora peruana. Hace poco cumplí 30 años. Tengo un poco de china y bastante más de chola. Estudié en un colegio en Breña, en donde mi entendimiento del arte nunca fue más allá de lo básico. La moda, por otro lado, la encontré en revistas, en la colección de libros con patrones para tejer de mi mamá, y en las visitas que hacíamos al centro comercial para comprar ropa con la gratificación de julio y de diciembre. Y por más cliché que esto parezca, crecí cautivada por un mundo que desde ese entonces ya me parecía increíblemente lejano.

Al terminar el colegio, tuve el privilegio de ingresar a una universidad privada. Mis padres son de provincia e hicieron sacrificios muy grandes para poder estudiar en universidades públicas en Lima. Eventualmente consiguieron trabajos con los que pagarían por mi educación, pero, para ellos el estudiar moda parecía más un riesgo que una inversión medianamente “segura”.

Y viendo esto en retrospectiva, entiendo el porqué de este miedo. Ellos jamás habían conocido a alguien de su entorno que se haya dedicado a la moda y que haya podido vivir de eso. Contadores, abogadxs e ingenierxs abundaban en la familia, pero no existía alguna diseñadora de moda marrón, de clase trabajadora y de universidad pública en su ambiente cercano.

La organza barata de Gamarra

Pocas carreras son tan romantizadas como la del diseño de moda. Es innegable que la moda como industria, producto y arte existe bajo una narrativa irreal llena de estereotipos coloniales y hegemónicos, lo que inevitablemente se refleja en la educación.

En mi experiencia, estudiar moda es darse cuenta de que esta se desarrolla en espacios sumamente privilegiados, y que, por ende, no hay lugar para todxs lxs que intentarán ser parte de. Y sí, claro, sé que esto pasa en todas partes, y más en una sociedad tan elitista y poco meritocrática como la nuestra, pero aquí la industria es tan pequeña que las distinciones de clase y raza se sienten casi inherentes al día a día de quien aspire vivir de la moda en el Perú.

LEE TAMBIÉN: [Retos en el diseño de moda en Perú. Hablamos con Ladrón de Guevara, a propósito de sus ladritunics.]

En mi paso por la universidad me di cuenta de que pagar la pensión mes a mes no iba a ser suficiente. El presupuesto para comprar telas, avíos, materiales para ilustrar, bordar, e incluso máquinas para coser y remallar era bastante grande. Quien se ha formado en este mundo sabe que el dinero es una variable importante que repercute en las licencias artísticas que se pueden tomar. Convertirse en una diseñadora peruana no es nada barato.

Muchas veces tuve que ingeniármelas para poder entregar trabajos que pudieron haber sido mejores si hubiera tenido los fondos para invertir en telas y otros materiales. Alguna vez también, tuve que presentar colecciones en las que mis pares exploraban tejidos de alpaca o cuero, acabados que requerían tercerizar procesos de teñido, plisados, etc. Yo, por otro lado, tenía siempre alrededor de veinte soles para buscar telas en Gamarra que tuvieran el potencial para darle la vuelta a mi poco presupuesto. Parece chistoso, pero les juro que es cierto.

En algún momento, incluso, participé en un concurso en el que estaba aterrada por la inversión que esto representaba. Terminé sublimando un par de metros de algo que parecía una organza bastante sintética, pero que costaba menos de diez soles por metro. Al final gané el concurso, no tanto por la hermosura de la organza de dudosa procedencia que había estampado, sino porque había creado todo un concepto que -según yo- iba a evitar que el jurado se interese más en las prendas que en la historia detrás de la colección.

Tim Gunn hubiera estado muy preocupado por mí.

Así sobreviví cinco años, pasando piola con lo poco que tenía. Mis ideas locas de diseño se veían constantemente restringidas por los pocos soles con los que contaba para llevarlas a cabo. Obviamente también comprendí que los concursos de moda requerían una inversión bastante grande. Y si bien tuve suerte en aquel único concurso en el que participé, dudaba que el método de la organza barata de Gamarra me podría salvar el pellejo en futuras oportunidades.

¿AFP? ¿Grati? ¿Qué es eso?

Desde que empecé a trabajar en moda a los 21 años, me di cuenta de que las ofertas de trabajo eran muy limitadas. Por supuesto, el sueño de una marca propia sonaba como un buen plan b, pero caí en el error de idealizar esta opción como si pudiera equipararse a los beneficios pragmáticos de tener un trabajo formal.

Pasé casi 5 años trabajando en la informalidad por muchos motivos, pero, sobre todo, por la idea tan arraigada de que, para ser una diseñadora peruana, vale más el decir que alguien conocido en el medio aceptó trabajar contigo, que el lograr firmar un contrato laboral con todos los beneficios de ley (un “buen” sueldo ya es demasiado pedir). 

diseñadora peruana
Escuelas de moda vs industria de la moda. Fuente: @antwerpmemedepartment

Al final de mi carrera, presenté mi tesis de pregrado a un jurado donde el representante de una organización que asesoraba pymes estaba presente. Supongo que algo le habría parecido interesante, porque me llamaron a la media hora de la exposición para ofrecerme un puesto de diseñadora en una empresa pequeña. Acepté de inmediato. Estaba desempleada y creí que era el mérito a mi trabajo. Bueno, estuve un poco equivocada.

Pasé varios meses trabajando en una empresa en donde debía de tragarme la vergüenza de pedir repetidamente a los dueños que me paguen cada fin de mes porque “se olvidaban”. Pero esto no fue una experiencia aislada. Trabajé los cinco años de carrera mientras estudiaba y jamás me topé con algún contrato formal. Nunca tuve un seguro de salud, ni AFP, ni gratificaciones. Nada. Y sin esta base, ¿qué fondos podría tener para hacer una colección innovadora que podría lanzar al mundo como si mi nombre resonara un poco en la escena local?

Por años, creí que el solo hecho de que me den alguna mínima oportunidad ya era suficiente. ¿Sueldo? ¿Planilla? ¿Vacaciones? Ninguna de estas palabras me resonaba. Suficiente con que me hayan dejado pasar, ¿no? Para alguien como yo, una diseñadora peruana sin contactos, sin varas, y sin referentes de otras mujeres o disidencias racializadas de clase trabajadora y que no hayan estudiado en el extranjero, me fue muy fácil normalizar este sistema como si se tratara de una parada obligatoria en mi intento de vivir del diseño de moda.

Cualquier estudiante de diseño buscando chamba.

Si bien tuve el privilegio de poder pagar las mensualidades de una institución que me otorgó un título tan válido como el de otros profesionales de carreras tradicionales, me encontré con una segunda barrera en la industria de la moda que no se salta con cartones, sino con credenciales que se heredan como el color, la plata y el apellido, porque siendo sincerxs, estas nunca parecen caducar en el  Perú, y mucho menos en el mundo de la moda, donde era testigo del ascenso de muchos talentos jóvenes que presentaban sus colecciones en el Lifweek, o capturaban la atención de revistas locales donde exponían su trabajo.

No, ¡no todo está perdido!

Yo, como muchxs diseñadores, costurerxs, patronistas y operarios textiles, nos enfrentamos a una industria llena de empresas con condiciones laborales precarias, quizás tanto como aquellas fábricas de Bangladesh que surten a grandes marcas de moda rápida que vemos desde lejos, y de un entorno clasista que se alimenta de la idea de que el sólo hecho de tener una pequeña oportunidad de trabajar cerca de quienes lideran la moda peruana, ya es bastante como para exigir derechos laborales.

Tal vez me di cuenta bastante tarde que todo lo lindo y ostentoso de las marcas locales, de las pasarelas del Lifweek, y de los artículos de revistas con la fantástica vida de quienes se habían aventurado a diseñar indumentaria en el Perú, no eran más que narrativas fantasiosas que tapan una realidad que nadie quiere ver, o tal vez, criticar. 

En pleno bicentenario, ¿cuándo veremos a alguna diseñadora peruana racializada y sin estudios en el extranjero, captando la atención de los medios? Tal vez, la respuesta por ahora podría estar en manos de artesanas y costureras detrás de muchas marcas ya consolidadas, pero que permanecen en la sombra.

Nos toca, a quienes no gozamos de los privilegios de clase que facilitan la entrada al mundo de la moda, enfrentarnos a cada vez menos oportunidades laborales justas, y a, eventualmente, voltear el tablero. Tengo un poco de fe en que el pensamiento crítico de una nueva generación de diseñadores rompa la tradición clasista y explotadora de quienes hoy en día son la cara de la moda peruana.


Portada por Lorena Naveda

Para encontrar más contenido relacionado, síguenos en nuestra página de Instagram